Lecturas masonicas



Sobre las autoridades de la Logia



Nota: Esta Plancha, como otras publicadas en este diario, está adaptadas y modificadas para los ojos profanos.
El Gobierno y la Administración completa de un Taller se compone de un total de siete DDig.: (Ven.: Maest.:, Pr.: Vig.:, Seg.: Vig.:, Or.:, Sec.:, Tes.: y un Hops. y de ocho OOf.: (Pr.: y Seg.: Exp.:, Hosp.:, Pr.: y Seg.: MMaest.: de CCer.:, Pr.: y Seg.: DDiac.:, un Cub.: Int.: y un Cub.: Ext.. Este orden toma una línea jerárquica de mayor a menor nivel, sin perjuicio de que en una Logia todos contribuyen por igual al sostenimiento de los TTrab.:
Los siete DDig.: son la autoridad máxima de toda Logia y ninguna podría sobrevivir, existir o sesionar regularmente sin que estos puestos estén cubiertos en forma permanente o circunstancialmente en ocasión de la Tenida porque Siete es el número mínimo de integrantes que forman la Logia o el número habilitante para sesionar en Logia. Si bien es recomendable que todos los DDig.: sean MMaest.:, lo aceptable es que por lo menos tres sean MMaest.: También sería necesario que el Orador fuera Maest.:, ya que su misión es disertar y los Mmand.: BBl.: no podrían hablar.
El Gobierno y responsabilidad primordial de la Logia es del Ven.: Maest.: y de los dos VVig.:, pero bajo la dirección del Ven.: se encuentran los VVig.: y los cuatro restantes DDig.:. Los OOf.: están destinados a tareas de apoyo para la ejecución material de la Ten.: y las órdenes de las LLuc.:, como también asisten o secundan a los DDig.: según el caso.
Sin perjuicio de ello, existen otros puestos de importancia, como en el Uruguay son los Delegados ante la Cam.: de MMaest.:, ciertos Cargos o Comisiones especiales previstas por los RReg.: Especiales de cada Tall.: y Mandatos o Cargos “Ad Hoc” que se agotan en su comisión, cual es el caso de los HH.: AAplom.: u otros encargos particulares que haga el Ven.: Maest.:.

Sobre el Ven.: Maest.: de Log.:.

No trazaremos por supuesto su perfil ideal; debemos cuidar que estas consideraciones no se tomen como una instrucción o señalamiento a los respectivos titulares de los sostenes principales de los TTall.:, sino que desearíamos explicar cuál es la trascendencia , en el particular, del cargo de Ven.:, el más importante dentro de la Log.: Simb.:, como también en el futuro lo haremos con los restantes puestos.
El nombre del principal o Presidente del Tall.: se llama “Ven.: Maest.”, dicho vulgarmente “Ven.:” a secas, y bien colocado está el nombre, pues debe ser objeto de la admiración y ejemplo para los HH.:. En realidad, no será como tal por ser el menos malo de todos, pero sí debe ser destacado porque el Ven.: intenta encarnar el caudal y riqueza de toda la Log.:, y siendo soporte de la Col.: de la Sab.: (todavía en formación), representa la Sapiencia y el Perfeccionamiento a los cuales se ha llegado por el Grupo, y así tendrá que usar e incrementar esas fuerzas para gobernarlo. Su Insignia es la Esc.:, indicando que su comisión es velar por la rectitud de los TTrab.:.
Desgraciadamente hay HH.: que año a año intentan desesperadamente y llegan a veces a lamentables triquiñuelas para llegar a ser Ven.:. Si supieran que en realidad dicho puesto no tiene dentro de la Mas.: verdadera la trascendencia que creen, y si fueran conscientes de la responsabilidad que conlleva, bien lo pensarían antes de aspirar a dicha ambición. Porque quien acepta la Veneratura se compromete a llevar con brillantez la marcha de la Log.: y a aumentar sus conquistas, por lo cual no es un lugar figurativo u honorífico sino de mucho trabajo. Además, el Ven.: es el canalizador personal de todas las voluntades y energías de los HH.: que conforman el Tall.:, y tiene la dura misión de orientar a todo el Grupo. En este sentido, los Juramentos y Promesas al asumir el Mando son terribles, y cuidado tendrá en poseer una línea de conducta digna en la ardua tarea que afrontará; su proceder imperfecto puede desembocar en la catástrofe de la Log.: o desatar conflictos de magnitudes impensables.
El Ven.:, si bien es el primero entre los iguales, es mínimo frente a todos porque es un representante circunstancial de todos. Si bien se le debe obediencia y no puede ser enjuiciado o condenado por su Log.:, caer en el descrédito de ella puede llegar a ser su mayor desgracia. En un país donde poco se reconoce los logros y donde tanto se exige responsabilidades como también se es presto para la condena como el Uruguay, sea muy precavido quien quiera ser Ven.: porque no escapará a esa realidad, sabiendo que se lo elige tal para trabajar cargando arriba su destino propio, el destino de sus HH.: y el destino del Tall.:. Siendo un eterno Ap.: imperfecto tendrá el riesgoso deber de guiar a otros HH.: también ciegos.
Algún día serán ustedes los encomendados personalmente por vuestros Pares para regir los destinos de vuestro Tall.:. Quien ponga esfuerzo y reciba el apoyo de los HH.: para mantener y sacar esta Log.: hacia arriba y hacia adelante sólo cumplirá con su deber, pero aquel que por cuya culpa desestimule a los camaradas de asistir y con su proceder disoluto contribuya a desintegrar este Grupo de Amigos que es la Log.: será eternamente excecrable. ¿Qué clase de Ven.: Maest.: querrían ustedes y qué clase de Ven.: Maest.: querrían ser ustedes?

Sobre el Pr.: y Seg.: Vig.:.

Retomando aquella idea directriz de no dar nuestra opinión sobre cómo deberían ser idealmente los DDig.: y OOf.: de la Log.: sino constreñirnos a explicar su función dentro del Tall.:, hablaremos del Pr.: y del Seg.: Vig.:.
El Pr.: Vig.: sigue en orden de jerarquía al Ven.: Maest.: y es así quien lo suplanta en casos de ausencia temporaria o definitiva. Su atributo es el Niv.:, símbolo del Discernimiento. En una Ten.: Ordinaria normalmente anuncia y controla el uso de la palabra en la Col.: de la F.: o dirige la Bat.: de AApl.: cuando el Ven.: no puede hacerlo, su trabajo es silencioso e imperceptible pero muy efectivo. Se debe ser muy criterioso en la Log.: para establecer la persona más idónea para ocupar dicho Cargo, ya que una ausencia del Ven.: temporaria o permanente lo puede hacer nuestro Ven.:, por lo que las mismas precauciones que se toma para seleccionar al Ven.: deben intervenir para elegir al Pr.: Vig.:.
En cuanto al Seg.: Vig.:, su intervención parece mayor en Gr.: Pr.: porque instruye a los AAp.: en las TTen.: SSimb.:, que mayormente se hacen en Pr.: Gr.: dentro del Simb.:. Como el Pr.: Vig.: y el Ven.:, debe ser necesariamente de Gr.: de Maest.:, y como posee una función de orientación de los AAp.: tanto en la Enseñanza Mas.: como en la espiritual, poseerá por lo menos una capacidad intelectual mínima y por supuesto condiciones personales para tan delicada misión. Su Insignia es la Plom.:, para ajustar la Labor de los AAp.:.
Los HH.: VVig.: son, con el Ven.:, las Tres Luces o Sostenes de la Log.:. El Pr.: Vig.: representa la Fuerza del Temp.: cuya solidez está basada en el Poderío de los HH.: CComp.: y MMaest.:, y el Seg.: Vig.: se deleita en procurar que los Ap.:, en cuya etapa se gesta la base de la formación Mas.:, aprendan a dominar y a trabajar la Forma por la idea de la Belleza. La Belleza (la contemplación que motiva la Búsqueda del diseño geométrico) y la Fuerza (el Conocimiento unido a la Voluntad y el Entusiasmo para hacer material la Cosa conceptuada estéticamente en el Intelecto), traducen la Obra perfeccionada y redimensionada por la Sabiduría cuyo bagaje se encuentra depositado en el Libro Abierto que representa la Experiencia del Tall.: custodiada por el Ven.: Maest.:.

Sobre el Orad.: y demás DDig.: y OOf.:.

Luego de los tres principales soportes de la Log.:, sigue en importancia el Orad.:. Este representa a la Ley que se dinamiza y regula los TTrab.: a través de la palabra, considerado así el Fiscal del Tall.:. Custodia que los TTrab.: se desenvuelvan según el Rit.:, las normas generales de la Ord.:, RReg.: PPart.: de la Log.: y los Usos y Costumbres (siendo él un Libro Abierto de referencia cual es su atributo), y es necesariamente el último en intervenir en el cierre de un debate, la consideración de algún asunto o en los TTrab.: de Log.:. También es el último en hablar en la exposición sobre asuntos generales de la Ob.: o peculiares del Tall.:. Si advierte alguna irregularidad en la ejecución de la actividad debe señalarlo expresamente cuando le toca su turno, al pedírsele sus conclusiones sobre lo hecho en la Reunión, mas debe hacerlo con criterio orientador y constructivo, no para censurar o descalificar. El Orad.: es también el portavoz oficial de la Log.:, que da la bienvenida por ella a los recién Iniciados, a los VVis.: o a Personajes Ilustres, y toma la palabra como Disertante de Rigor en ocasiones solemnes, por ello debe ser una persona de recta locuacidad pero también administrará correctamente su oratoria. Tiene asimismo una función de educación a los HH.: en cuanto a las normas que rigen la organización y actividad del Taller, y es una referencia de consulta del Ven.: Maest.: y de la Log.: en cuanto a los aspectos de Derecho Mas.: aplicables para encaminar el tema que se discute o cualquier otro caso de interés para el Grupo.
El Secretario, que no habrá de confundirse con el llamado Guardasellos, no sólo posee como misión confeccionar el Acta de las actividades, leer los AAs.: EEnt.: o apuntar al Ven.: Maest.: el Orden del Día, sino que tiene una función de relacionamiento muy importante con las otras LLog.:, la Gr.: Log.: o LLog.: de otras PPot.: a través de la comunicación epistolar. Su Insignia, la Pl.:, le indica que es el Escriba que transmitirá la Memoria Viva de la Log.:. Lleva además los Archivos documentales del Tall.: y procura que estén a buen recaudo. Su trabajo es muy complejo y agotador, sobretodo por la gran cantidad de documentos cuya confección queda a su cargo (Actas, correspondencia), muchas veces ordenados por el Ven.: especialmente, y por el trabajo de Despacho de comunicaciones. Su función es tan importante que una buena o mala Secretaría puede adornar o arruinar una excelente Veneratura.
El Tes.: tiene las funciones por todos conocida de guardar y administrar los fondos del Tall.:, como también de ejecutar los pagos de obligación al Fondo Común de la Federación o Gr.: Log.: que es el Gr.: Cof.: y los dispendios de cada caso particular. Su tarea no es simpática o agradable, ya que tiene que apuntalar que los HH.: estén al día con sus obligaciones económicas, dando cuenta al Ven.: de las situaciones que pudiere suscitarse en ese aspecto.
Difícil ha sido la caracterización de los cometidos del HH.: Pr.: Exp.:, al punto que muchas LLog.: prescinden por lo general de dicha función a pesar que se trata de un cargo de Diganatario, sustituyéndolo por el Maest. de CCer.:. En la práctica sus funciones se reducen a conducir a los PProf.: ante la Log.: luego de pasar por Cam.: de RRef.: y a custodiar el paso del Sac.: de Ben.:. Pero en realidad es quien tiene la principal obligación de retejar a los que pretenden entrar al Temp.: y de examinar sus Credenciales, por lo que se exige que posea un Gr.: elevado.
En cuanto a los OOf.: recalcaremos las funciones de Pr.: Maest.: de CCer.: en primer lugar. Se preocupa por que la ejecución de los TTrab.: sea Justa y Perfecta en la práctica, como también guía a los HH.: que deben abandonar por cualquier razón el Tempo.:. También controla el resultado de las votaciones y lo anuncia para su proclamación y documentación. Le ocupa hacer las Proclamaciones o anuncios en los RRit.: de Inic.: y de Inst.: de AAut.:. Porque debe conocer todos los detalles de las distintas CCer.:, en las que por su parte le corresponde una intervención especial según los casos, se recomienda que sea una persona de mucho conocimiento y experiencia, en lo posible de los GGr.: más elevados cuando la Log.: se puede dar ese lujo. Por último, hace circular el Sac.: de PProp.:.
El H.: Hosp.: tiene funciones análogas a los monjes hospitalarios de las Ordenes religiosas. Vela por las necesidades de los HH.: y sus familias, debiendo reportar el estado de todos ante el Tall.:, y tiene que confortar a los HH.: en caso de tribulación, enfermedad o agonía, disponiendo todo lo necesario para que en caso de Pasaje al Or.: Et.: de un H.: se practique su última voluntad, estén todas las previsiones para su velatorio y entierro tomadas, y ver en qué necesidades quedarán la viuda, hijos y familiares de aquel H.:. También controla y administra el destino del Sac.: de Ben.:, que hace en la Ten.: circular acompañado del Pr.: Exp.:, con quien ayudará a los HH.:, familiares de HH.: pasados por la P.: del Sil.:, o a Pprof.: necesitados. En otras oportunidades, agasaja y le proporciona tema de conversación a los HH.: VVis.:, procurando que se hallen a gusto.
El Cub.: Int.: es un Of.: acólito al Pr.: Vig.:. Controla que el Temp.: esté cubierto a la indiscreción de los PProf.:, reteja en ocasiones a HH.: extraños al Tall.: y advierte quién quiere entrar al Temp.: durante la ejecución de los TTrab.: al Pr.: Vig.:. Asimismo custodia y administra la entrada y salida del Temp.: hacia o desde su interior.
Fuente: Masones en Lengua Española
 
 
 
 
  la Masoneria Moderna
La francmasonería moderna cuya partida de nacimiento oficial está fechada en 1717 es
una institución sensiblemente distinta, como hemos visto, de la masonería antigua cuyo
arte de construir el templo y el hombre era el criterio esencial. En el siglo XVI, secreto, 
fraternidad y tolerancia son aún los rasgos sobresalientes de la cofradía que profundiza
en la práctica tanto de las ciencias herméticas como de la astrología y la alquimia. Con la
entrada masiva de aristócratas, humanistas y racionalistas, la Orden cambia de rostro. 
Durante el siglo XVIII la masonería inglesa que se atribuye la soberanía legislativa
es resueltamente religiosa y respetuosa del orden establecido. En Francia, el Rito
Escocés afirma su creencia en el cristianismo y no vive conflicto intelectual y social 
alguno con la Iglesia. Se advierte sencillamente que algunos masones comienzan a poner
el conjunto de las religiones en el mismo plano y sitúan a la masonería más allá de las
confesiones, como habían hecho sus predecesores de la antigüedad. De hecho, las logias 
del siglo XVIII tienen bastante poder de atracción, sobre todo en provincias, porque se
puede intercambiar gran número de ideas banales u originales al abrigo de cualquier
censura. Puesto que la vida regional es a menudo, por aquel entonces, muy apagada, los 
talleres masónicos dan a los notables la ocasión de encontrarse y emprender, en común,
una búsqueda intelectual que, sin alcanzar grandes cimas, tiene como mínimo el mérito
de existir.
Hacia 1775, el ideal de la masonería moderna consiste en elevar templos a la 
virtud y excavar escondrijos para el vicio. Esas intenciones morales, bastante
elementales, están acompañadas por una voluntad de beneficencia que solo pueden
ejercer hombres que ocupen un rango bastante elevado en la sociedad. Algunas minorías 
se ocupan del ocultismo y se mencionan los nombres del filósofo Saint-Martín, el místico
Willermoz, el bribón Caghostro. Fácilmente se confunde espiritualidad y teosofía,
simbolismo y acertijo.
Identificar el pensamiento masónico del siglo XVIII con la filosofía de las luces 
sería un grave error. Lo cometieron los historiadores que pensaron que la masonería
había sido el primer foco de ateísmo, mientras que los pensadores más críticos
rechazaban semejante actitud; Bayle, por ejemplo, consideraba que el ateísmo sólo podía 
ser un «horrendo embrutecimiento» resultante de un error intelectual. Es muy probable
que Montesquieu se convirtiera en masón porque amaba el régimen político inglés y que
la masonería fuera, entonces, considerada una perfecta emanación del humanismo británico. 
Diderot no tuvo necesidad de la masonería para dirigir la Enciclopedia, y Voltaire
se burló a menudo de las logias cuyo nivel intelectual le parecía muy insuficiente.
A finales del siglo XVIII, la masonería puede ser calificada de «Orden de corte», 
pues los grandes personajes del reino se adhieren de buena gana a la cofradía, que
mantienen en la vía de las buenas costumbres. Ahora bien, la corte no es ya el centro de
pensamiento del país; para encontrar las nuevas teorías y los análisis críticos de la sociedad, 
hay que volverse hacia los salones llamados «literarios», hacia los clubes de
tendencia política, hacia los cafés donde se reúnen los «contestatarios». Aunque esas
ideas penetraron efectivamente en algunas logias, no fueron las logias quienes las 
crearon, y la mentalidad masónica no tenía el menor carácter revolucionario. En su Historia
de la conjura, Montjoie cree dar una prueba formal de la conspiración masónicadescribiendo la iniciación del Gran Maestro de Orleáns a uno de los altos grados; en un 
rincón de la sala, escribe, había un maniquí cubierto con los ornamentos de la realeza.
Se entregaba un puñal al postulante para que lo hundiera en el maniquí, del que brotaba
un líquido rojizo. El maniquí, al parecer, no era sino Luis XVI. 
Tales inepcias muestran un total desconocimiento del simbolismo de los grados
masónicos, desconocimiento que es origen de muchos juicios erróneos. El grado llamado
«de venganza» no estaba dirigido contra la monarquía sino que tenía por objeto honrar la 
memoria de los templarios llenando de oprobio a Felipe el Hermoso. Puede reprocharse a
la masonería que haya modelado semejantes alegorías que abren el camino a los
malentendidos. De cualquier modo que sea, la oposición que el Gran Maestro de Orleáns 
intentó desarrollar contra el rey no tenía como fin preparar la revolución sino sólo darle
el poder. Los masones quedaron atrapados en una tormenta que, por otra parte, estuvo a
punto de destruir la Orden.
Desde su nacimiento, la francmasonería moderna se desprende del artesanado y 
de todas las prácticas manuales que habían sido la gloria de la cofradía. «El nombre de
francmasón», declara Ramsay, «no debe tomarse en un sentido literal, grosero y material,
como si nuestros Maestros hubieran sido simples obreros de la piedra». Así era, sin 
embargo, pero los elegantes masones del siglo XVIII prefieren buscar sus referencias en
la caballería, que conocen muy mal. A los masones rousseaunianos les gusta, no
obstante, recordar que Jean-Jacques, en su Emilio o la educación, hacía aprender un 
oficio manual al joven. Por desgracia, Rousseau consideraba que el estado de artesano
acercaba el hombre al feliz estado natural, situándose así en el lado opuesto a los
maestros de obras de la Edad Media, que deseaban superar el «estado natural» 
ofreciendo a los iniciados el modo de sacralizar el mundo.
La masonería del siglo XIX es, ante todo, política y social. La mayoría de los
masones no se preocupa tanto por la iniciación como por el poder temporal de la Orden; 
todas las tendencias se confunden en las logias y se olvida el mensaje de Pitágoras, que
había procurado dividir su cofradía en dos cenáculos, uno reservado a los estudios
esotéricos y el otro a las funciones honoríficas y sociales. La masonería no se apoya ya en 
templos, sino en grandes consignas como libertad, igualdad y humanismo, cuya
interpretación varía hasta el infinito. De ese modo, la Orden masónica no tuvo orientación
espiritual precisa durante el siglo XIX; ofrecía un marco de discusiones más o 
menos apasionadas según el momento.
Desaparecida la mano dura de Napoleón I, la masonería moderna adopta opciones
políticas muy claras y quiere asegurar el pleno desarrollo de los valores democráticos y
republicanos. El «libre pensamiento» en todas sus formas se convierte en el género más 
valioso, y la masonería pequeño-burguesa toma a menudo el aspecto de una oficina de
empleo para funcionario o de un superpartido de izquierdas que lucha mano a mano con
la Iglesia. Esta masonería encuentra sus títulos de gloria en la creación de la Liga de la 
Enseñanza o de la Sociedad de Naciones; entre sus hombres célebres cuenta con el
escultor Bartholdi, los escritores Erckmann y Chatnan y el positivista Littré. Sería inútil
hacer más larga la lista, pues las tendencias estéticas, literarias o filosóficas de la 
masonería moderna se basan esencialmente en la Razón y el Progreso, valores muy
secundarios como tales en la antigua masonería.
El siglo XIX masónico es también el de los grandes discursos pomposos en el que
se exalta una total fraternidad entre los hombres, se reclama una sociedad republicana y
liberal. Las reuniones masónicas, llamadas «sesiones», son sin embargo cada vez más
descuidadas; a veces se abandona el delantal, se simplifican los rituales vaciándolos de 
su sustancia simbólica. Hecho sintomático, el propio Gran Oriente debe recordar a sus
miembros que es necesaria cierta dignidad en estas reuniones. Innegablemente, hay una
pérdida del espíritu iniciático en la mayoría de los talleres; basta con releer esta frase de 
Bédarnde, escrita en 1929, para comprobarlo: «¿No emplea la química símbolos para
anotar la identidad de los cuerpos y sus combinaciones? ¿Y no es el álgebra un
simbolismo?». A esta confusión del signo abstracto y el símbolo esotérico, se añade una 
pobreza intelectual debida al positivismo. En un ritual del segundo grado, se introducían
frases del tipo «la inteligencia tiene su sede en el sistema nervioso cerebro-espinal», que,
por fortuna, se suprimieron más tarde. Cuando el masón simbolista Oswald Wirth 
empleó el viejo término de «arte real» para caracterizar la vida espiritual propia de la
masonería, se le hizo observar sin miramientos que la expresión debía desdeñarse a
causa de su carácter antirrepublicano.
La masonería moderna se aferra especialmente a dos ideas-fuerza, la igualdad y la
fraternidad. Gustave Bord pensaba que la masonería desaparecería de inmediato si se
acababa con la primera; sin embargo, los rituales tradicionales expresan claramente la 
necesidad de una jerarquía iniciática en la que la igualdad no existe. Ponen de relieve,
más bien, la identidad divina de todos los humanos, precisando que se diferencian por la
práctica personal de la iniciación. Los historiadores de las religiones han demostrado 
perfectamente que una sociedad iniciática nunca es igualitaria, puesto que tiende a
desarrollar la originalidad de cada uno de sus miembros en el seno de una vida comunitaria.
Esta voluntad de igualitarismo acarreó la confusión de los valores espirituales 
y políticos en el seno de las logias, y el masón Lantoine pudo advertir, en 1926: «La
democratización de la francmasonería ha hecho bajar su nivel intelectual y, por
consiguiente, ha disminuido su autoridad y ha comprometido su influencia.» 
La fraternidad, en el marco de la sociedad del siglo XVIII, era una innovación; el
burgués y el noble se llamaban «hermano» y derribaban así las barreras sociales. El
poema del masón Rudyard Kipling llamado La logia madre es ciertamente el texto que 
mejor expresa el ideal de una fraternidad efectiva:
Estaba Rundle, el jefe de estación,
Beaseley, de vías y obras,
Ackman, de intendencia,
Donkin, de la prisión,
y Blaeke, el sargento instructor...
Estaba también Bola Nath, el contable, 
Saúl, el jucho de Aden,
Din Mohamed, de la oficina del catastro,
el señor Chuekerbuth, Amin Singh, el sick,
y Castro, de los talleres de reparación,
que era católico romano...
Y charlábamos con el corazón en la mano de religiones y otras cosas, 
remitiéndose cada uno de nosotros
al Dios que mejor conocía.
Uno tras otro, los hermanos tomaban la palabra,
y nadie se agitaba. ..........
Fuera, se decían: «Sargento, Señor, Salud, Salam»,
dentro, era: «Hermano», v estaba muy bien así... 
A este respecto, puede evocarse también una anécdota que pone en escena al
presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, y a Root, su secretario de Estado.
El presidente pregunta a éste cuánto tiempo hace que se relaciona con las logias. 
«Mucho», responde Root. «Pues bien», dice Roosevelt, «vayamos esta noche a mi logia, hay
un excelente Venerable; es el jardinero de mi vecino». Sin embargo, no todo era tan idílico
como podría suponerse; en Europa, varias obediencias masónicas prohibieron a los 
judíos la entrada en los templos v otros sólo los recibían con reticencias. En los Estados
Unidos, los negros fueron mantenidos al margen y se agruparon en una obediencia
particular, Príncipe Hall. Además, la fraternidad predicada por la masonería moderna 
permanece, con excesiva frecuencia, en el nivel de la sensibilidad más elemental y carece
de fuerza creadora; la calidad de una fraternidad, según las cofradías antiguas, depende
siempre de la calidad de la vía iniciática. Cuando esta se empobrece, la fraternidad ya 
sólo es un vínculo emotivo de extremada fragilidad.
Algunos problemas, desconocidos para la masonería antigua, marcaron el destino
de la masonería moderna, como el de los altos grados. Éstos fueron el resultado de 
iniciativas individuales, cuando algunos masones pensaron que la constitución de las lo113
gias «azules», correspondientes a los tres primeros grados de aprendiz, compañero y
maestro, carecía de coherencia y de serie-dad. A partir del siglo XVIII, los sistemas de 
«altos grados» pulularon, yendo de siete grados a noventa. Creados, en su origen, para
«purificar» la masonería v organizar talleres donde los miembros fueran cuidadosamente
puestos a prueba, los «altos grados» se convirtieron rápidamente en ocasión para 
distribuir honores y títulos rimbombantes. El mayor infantilismo se dio allí libre curso y
numerosos masones consideraron que estos «altos grados» eran una desviación
fundamental con respecto al ideal iniciático de la Orden. Para Oswald Wirth, por ejemplo, 
la plenitud masónica es conferida por los tres primeros grados tradicionales. Por lo que
se refiere al masón Manus Lepage, consideraba que los «altos grados» preservaban
elementos interesantes en el plano histórico e intelectual, pero, escribía, «no son en modo 
alguno una "iniciación". La jerarquía de los 33 grados del escocismo puede ilusionar (...).
Es simplemente una jerarquía administrativa. La masonería iniciática tradicional está
completa con los tres primeros grados». Esta cuestión sigue de actualidad, y el porvenir 
de la masonería moderna dependerá, en parte, de la actitud que adopte frente a los «altos
grados».
Si los «altos grados» ponen en cuestión la propia estructura del simbolismo
masónico, la calidad del reclutamiento condiciona su existencia. Hemos visto ya que era 
muy severo en los períodos antiguos, cuando los maestros exigían a los neófitos las más
diversas competencias. Se trataba de formar constructores capaces de aplicar las más
severas reglas de vida; con la masonería moderna, no tenemos ya objetivo preciso, se 
acabaron, pues, los criterios de reclutamiento definidos con rigor. Ya en 1745,
encontramos esta
frase en un escrito masónico: «Se ha admitido en la dignidad de Compañero y de Maestro
a gente que, en logias bien reguladas, no hubieran tenido las cualidades requeridas para 
ser hermanos sirvientes». Los Grandes Maestros del siglo XVIII ilustran, desgraciadamente,
ese estado de hecho, pues el brillo de su cuna prevalecía sobre su valor
iniciático. Se nos dirá, claro está, que la masonería moderna necesitaba protecciones y 
que sólo podía encontrarlas en la persona de nobles bien situados en la corte. Durante el
siglo XIX, el reclutamiento no mejora; algunos masones llegan a hablar de logias donde
se refugian inadaptados sociales y Lantome evoca a los «incultos imperfectibles a quienes 
enorgullece llevar su cordón».
La estricta aplicación de los tres primeros grados habría permitido evitar esas
dificultades; la «promoción» de los masones era demasiado rápida, a falta de una
enseñanza esotérica que hubiera permitido distinguir el buen grano de la cizaña. A 
mediados del siglo XVIII, se es Maestro en unos pocos meses, sin haber dado la menor
prueba de aptitud para tan importante función. La masonería moderna practica la
promoción por antigüedad, lo que desemboca en esta cruel descripción hecha por una 
pluma masónica: «La libertad puntillosa de la jerarquía y de los jóvenes de ochenta
primaveras dictan la ley en los talleres superiores. Es penoso comprobar la cantidad de
odio y rencor que emana de una asamblea de vejestorios, sobre todo cuando son 
barbudos». Ese cuadro poco atractivo de la masonería del siglo XIX es ensombrecido,
más aún, por las votaciones basadas en la mayoría, que los masones medievales habían
rechazado siempre. Indiscutiblemente, ese tipo de sufragio es perjudicial para una 
auténtica fraternidad, puesto que un postulante puede entrar en una logia contra la
opinión de una minoría de masones que espiarán su menor paso en falso.
Podríamos citar numerosos textos masónicos que se lamentan de la pobreza de los 
trabajos que se alejan del simbolismo fundamental de la Orden. El análisis del masón
Maréchal, redactado hacia 1914, es uno de los mejores realizados: «Demasiados talleres»,
escribe, «se entregan a trabajos puramente profanos y que ni siquiera tienen la ventaja 
de presentar alguna superioridad en el campo que les es propio; demasiados hermanos
incompetentes y suficientemente dotados de medios oratorios, dan conferencias o charlas
sobre cuestiones o problemas que no conocen o conocen poco, lo que tiene como resultado 
engañar a los ignorantes, indisponer o, incluso, disgustar a los demás. Algunas
logias, muy a menudo reducidas al papel de escuelas nocturnas o de comités, hacen
perder a la masonería —o impiden que llegue a ella— gran parte de la élite intelectual». 
Esos trabajos hueros e inútiles son sólo consecuencia de una desviación que Rene
Guénon expresaba en estos términos en un artículo fechado en 1910: «Lo lamentable,
sobre todo, es tener que comprobar, demasiado a menudo, en gran número de masones, 
la completa ignorancia del simbolismo y de su interpretación esotérica, el abandono de
los estudios iniciáticos sin los que el ritualismo ya sólo es un conjunto de ceremonias
vaciadas de sentido».
Si podíamos afirmar que la antigua masonería era una sociedad iniciática 
coherente, es imposible dar una única definición de la masonería moderna, en la que
cohabitan, a trancas y barrancas, varias corrientes muy distintas. Esta masonería es
una especie de partido político que ama el positivismo, el progreso, el socialismo en el 
sentido más amplio del término y las teorías sociológicas a base de humanismo; según
Armand Bédarnde, que fue dignatario del Gran Oriente, la francmasonería «puede
contemplar, pues, con simpatía, las formas políticas y sociales que tienden hacia el 
máximo de libertad y el mínimo de gobierno». Esta posición puede arrastrar a la Orden
hacia cierto tipo de «sindicalismo»; el mismo autor proseguía: «Sería un error creer que el
espíritu masónico y el espíritu sindicalista no tienen ningún punto de contacto: basados 
ambos en la concepción de asociación, se comunican por el canal al aire libre de las
ideas proudhonianas y por un común interés por la cultura de los hombres en la
solidaridad».
Otros masones desean convertir su cofradía en la más perfecta de las escuelas de 
humanismo, esperando ante todo favorecer el desarrollo cultural y social del individuo.
Semejante «sociedad» de pensamiento no vacila en dar «clases nocturnas» para laicos que
desean abrir su inteligencia a cualquier tipo de problema humano, en compañía de 
hermanos del todo dispuestos a instruirles. Se llega a veces a logias «especializadas» que
solo incluyen abogados, médicos o policías.
Para otros, también, la masonería podría ser una especie de iglesia en la que se 
unen algunos hombres que creen profundamente en su perfectibilidad. A esos masones,
que son auténticos creyentes, les gustaría mantener las más amistosas relaciones con
las demás Iglesias. Topan sin embargo con críticas de fondo de la jerarquía católica; se 
trata, en primer lugar, de un deseo de Conocimiento absoluto de los misterios de la vida
y, en segundo lugar, de una voluntad de poder obtenido por «medios esotéricos». Este
conflicto, que duró durante todo el siglo XIX, se apacigua en la actualidad. Los masones 
que tienen fe en su Orden han abandonado el anticlericalismo sumario y la Iglesia
conoce mejor los principios básicos de la masonería. Es preciso reconocer que la «Iglesia
masónica» del siglo XVIII era sólo una capilla de privilegios y que la del siglo xix y 
comienzos del xx reunía, más bien, un partido doctrinario que deseaba expulsar de sus
templos cualquier pensamiento religioso.
Finalmente, existió en la masonería moderna una corriente iniciática que reunió
las enseñanzas de los alquimistas, los rosacruces, los cabalistas, los templarios y todas 
las organizaciones iniciáticas de las que hemos hablado en la primera parte de esta obra.
Sus adeptos, aunque en un número muy reducido durante los siglos XVIII y XIX,
consiguieron salvaguardarlo a pesar de todos los peligros que lo asaltaron. «La 
francmasonería», escribía Lessing en sus Diálogos masónicos de 1778, «no es algo
arbitrario, superfluo, sino una necesidad de la naturaleza humana y una necesidad
social. Así debe ser posible descubrirla tanto por una búsqueda personal como por 
indicaciones recibidas de otro. Siempre ha existido».
Establecido este rápido balance del pasado de la masonería moderna, volvámonos
hacia el presente de la cofradía e intentemos situar las opciones masónicas en el marco 
del mundo actual, citando algunos criterios de las principales obediencias
contemporáneas. 
 
¿Es usted realmente un Masón?

Porque ser Masón no es nada más ser alguien que dice ser Masón.

Ser Masón es ser PERSONA, es decir: alguien distinto y diferente de los demás.
Ser Masón es ser creador de algo; un hogar, un negocio, un puesto, un sistema, una vida.
Ser Masón es hacer las cosas, no buscar razones para demostrar que se pueden hacer.
Ser Masón es levantarse cada vez que se cae o se fracasa, en vez dedicarse a explicar por qué se fracasó.
Ser Masón es entender el trabajo no como una maldición, sino como un privilegio.
Ser Masón es respetar al prójimo, tener vergüenza, sentir pena por burlarse de una mujer, de abusar del débil, de mentir al ingenuo.
Ser Masón es trazarse un plan y seguirlo, pese a todas las circunstancias exteriores.
Ser Masón es saber decir "me equivoqué", y proponerse no repetir la misma equivocación.
Ser Masón es saber lo que se tiene que hacer, y hacerlo; saber lo que ha de decirse; y decirlo.
Ser Masón es comprender la necesidad de adoptar una disciplina basada en principios sanos, y sujetarse, por propia y deliberada voluntad, a esa disciplina.
Ser Masón es demostrar con la rectitud de tus acciones tu real incorporación a la Orden
Ser Masón es ayudar a los Hermanos es cuanto te sea dable.
Ser Masón es hablar menos y hacer más.
Ser Masón es levantar los ojos de la tierra, elevar el espíritu, soñar con algo grande.
Ser Masón es comprender que la vida no es algo que se nos da ya hecho, sino que la oportunidad para hacer algo bien hecho. De construir una obra que lo beneficie a él y a quienes le rodean.
Ser Masón es combatir la tiranía en toda la amplitud de la palabra.
Un Masón es un ser digno, consiente y responsable de sus actos.

¡MASONES de esta talla y de este linaje son los que necesita el mundo, los reclama NUESTRA ORDEN y los exige EL G.·. A.·. D.·. U.·. !
Hernando Sequera

No hay comentarios:

Publicar un comentario